martes, 28 de agosto de 2012

REFLEXIONES SOBRE LA ENCUESTA CEP: N° 1 LA DESESPERANZA APRENDIDA


Los resultados de la última encuesta CEP invitan a pensar sobre una realidad que se ha instalado en nuestra sociedad. Estamos desde hace un buen rato viviendo en una sensación de desencanto, desconfianza y estancamiento. La gente no cree en el sistema socio político en el cual vivimos y nos aproximamos peligrosamente a lo que Durkheim denominó “anomia”, es decir, la sensación de alienación resultante de la falta de capacidad de las estructuras y normas sociales, para orientar la conducta de sus individuos. La diferencia del contexto en el cual se realizaron los clásicos estudios de Emile Durkheim y nuestra presente realidad de desencanto, es que cuando el sociólogo francés investigó la anomia, lo hizo principalmente como una forma de explicación del suicidio, mientras que en nuestro caso, esta sensación parece tener más que ver con la aparición de focos de violencia en distintos ámbitos de nuestra sociedad.

Veamos algunos datos de la encuesta que apuntan en la dirección de lo anterior. Un 49% del total de personas encuestadas, cree que el país está estancado, mientras que un 74% estima que la democracia funciona de forma regular o definitivamente mal. Por otra parte, el dato que me parece más ilustrativo de la sensación anímica de desencanto y falta de estructura, es la marcada tendencia de desconfianza que afecta a prácticamente la totalidad de nuestras instituciones sociales. Si se comparan los datos del año 2010 y 2011 arrojados por la encuesta, se observa una estrepitosa disminución en el índice de confianza de la población respecto de prácticamente todas sus instituciones, con una de las caídas más notables en el ámbito de los partidos políticos, quienes bajan de un 15 a un 6% de confianza, durante este período.  Por otra parte, nuestra población tiene de forma generalizada la percepción de que vivimos en una sociedad de importantes y constantes conflictos irresueltos. Respecto de este tema, comparando los mismos años (2010 y 2012), en todos los ámbitos, a excepción de los conflictos existentes entre hombres y mujeres, la población tiene la percepción de un aumento en la magnitud de los conflictos. Especialmente, crece la percepción de los conflictos existentes entre gobierno y oposición, los mapuches y no mapuches y se mantiene más  o menos en una peligrosa estabilidad,  la lamentable percepción de conflicto entre empresarios y trabajadores.

Así dadas las cosas, afirmo que vivimos en un estado similar a la anomia descrita por Durkheim. Después de la oleada de optimismo que trajo para una importante parte de la población de nuestro país la instalación de Sebastian Piñera en el ejecutivo, pasados tres años de conducción del gobierno de derecha, hoy la población ha caído nuevamente en una sensación de estancamiento y desconfianza. Algo similar a lo que ya vivimos, aunque con menor intensidad, después de la llegada de la democracia y sus promesas de alegría y bienestar para toda la población por parte del conglomerado concertacionista. Hoy parece que la gente tiene la sensación de que las cosas no cambian en su fondo y que da lo mismo lo que hagamos, puesto que el sistema seguirá funcionando más o menos igual.  Podemos bailar thriller en la plaza de la constitución, hacer huelgas de hambre, llamar a plebiscitos artesanales, empelotarnos en la Moneda o plantear demandas colectivas contra una empresa. Nada parece ser eficiente para pedir cambios y todos tenemos la sensación de que en el fondo, las cosas seguirán siendo más menos las mismas. Como en aquella dramática canción de los prisioneros que decía:

Seguirá esta historia,

seguirá este orden,

porque Dios así lo quiso!

Porque Dios también es hombre!



Se llama “desesperanza aprendida” y es un fenómeno que estudió el psicólogo norteamericano Robert Seligman en la década de los 70 y con anterioridad, hace casi 100 años, el fisiólogo ruso Ivan Pavlov, refiriéndose a este fenómeno como neurosis experimental.  Se trataba de someter a un animal a situaciones de incontrolabilidad e impredicitibilidad, para observar el cuadro de reacciones resultantes. Producto de estos estudios, Pavlov descubrió que existían importantes diferencias de temperamento, que determinaban el tipo de conductas con las que los diferentes animales reaccionaban. El resultado de sus estudios arrojó que un grupo de animales reaccionaba de forma depresiva, apartándose en un rincón del laboratorio, en un estado de total inhibición conductual. Otros en cambio, se volvían rabiosos y carentes de motivo aparente, agredían a quien se le acercara, exhibiendo conductas violentas, desconectadas de un sentido adaptativo. ¿Le suena?



Después de probar durante años todo tipo de estrategias para cambiar el futuro posible, los chilenos hemos descubierto que al parecer nada es muy eficiente para cambiar el estado de las cosas. Así dada la historia, algunos se retiran al lamento y el desconsuelo, mientras otros desgraciadamente, se deciden a intentar romperlo todo. Cada cual de acuerdo a su naturaleza. En este contexto, no podemos culpar a los estudiantes por las manifestaciones de violencia. Éstas no son sino, la consecuencia de una sensación de incontrolabilidad, el resultado del aprendizaje consistente en comprender que ningún camino da resultado.



Por otra parte, después de años repitiéndonos que era lamentable tener una juventud que parecía no estar “ní ahí” con la sociedad, hemos pasado a un escenario donde el compromiso estudiantil es ahora el problema. En este nuevo contexto, el gobierno pide que los jóvenes expresen de otra forma sus demandas, y el Ministro Beyer dice que no conversará con alumnos en toma. Desde diferentes frentes se oye decir además, que el movimiento se politizó. ¡Qué maravilla! Yo no puedo dejar de sorprenderme al constatar que son justamente políticos, quienes critican la “politización” de los estudiantes. Entonces, de acuerdo a la percepción de sus principales actores, hay algo intrínsecamente perverso en la política. Cuando hablan estos señores, quejándose de los estudiantes, no puedo dejar de acordarme del viejo dictador y sus constantes quejas a la clase política. Parece que algo de sus “enseñanzas” caló hondo en una parte de nuestra población. Yo en cambio, sostengo que es obvio que este movimiento siempre fue político, porque no hay nada más político que la educación y la demandas de justicia social. ¡Y qué bien que así sea! Es lo que muchos pedían a gritos hace algunos años, pero parece que se trataba sólo de palabras vacías. 

Ahora que los jóvenes participan, y lo hacen con fuerza, requerimos entonces que se les escuche, al igual que al resto de la ciudadanía. No hace falta ser un gran sociólogo para entender el mensaje. ESTE PAÍS REQUIERE CAMBIOS ESTRUCTURALES. Lo ha dicho la ciudadanía de múltiples formas y en diversos ámbitos. Léase Hidroaysen, movimientos pro diversidad, jubilados, estudiantes, trabajadores, ciclistas, animalistas y un largo etcétera de personas y movimientos que claman por un cambio en las reglas del juego. ¿Qué hace falta para que el gobierno deje de hacerse el sordo? No pretenderán que los estudiantes formen un partido político, unjan un candidato presidencial y un programa de gobierno para poder participar en la discusión y ser escuchados. ¿Parece un poquito musho, no? Cuando los gobiernos no atienden las demandas de la ciudadanía, entonces se pierde la legitimidad y comienza la desesperanza, la rabia, la violencia y el desencanto. Este gobierno y sus 63 puntos de desconfianza, bien saben de aquello. No anden inventando después que se trataba de criminales que estaban infiltrados en el Instituto Nacional, la cuna de la elite política de nuestro país...

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