viernes, 3 de abril de 2026

EXCELENCIA DOCENTE: MÁS ALLÁ DE LOS PUNTAJES Dr. Rodolfo Bächler Silva Académico Escuela de Psicología Universidad Mayor


Antes de discutir si los puntajes mínimos de ingreso a las carreras de pedagogía deben subir o bajar, deberíamos preguntarnos qué tipo de docentes necesita el país y en qué contextos deberán trabajar. Tal vez la verdadera excelencia no tenga que ver con resultados en pruebas estandarizadas sino con la capacidad de transformar vidas donde enseñar es más difícil.


Cada cierto tiempo reaparece el debate sobre los requisitos de ingreso a las carreras de pedagogía. Se suele afirmar que elevar los puntajes mínimos permitiría atraer a los mejores candidatos para ser futuros profesores. Sin embargo, esta afirmación resulta poco útil si no se consideran dos cuestiones fundamentales previas: el estatus social de la profesión docente y los contextos en los que ejercerán los egresados.

Si se suben los puntajes mínimos de ingreso sin modificar la valoración social de la pedagogía, la consecuencia más probable será una baja aún mayor en la matrícula. La valoración social de la profesión docente es bajísima actualmente y en este escenario endurecer elevar los requisitos de puntaje solo reducirá el número de postulantes. Subir los puntajes puede ser razonable, pero solo después de una transformación cultural profunda que devuelva a la docencia el prestigio que merece. Ese cambio es urgente, pero tomará años, tal vez décadas en producirse.

El segundo aspecto es el más importante y corresponde a responder la siguiente pregunta: ¿en qué escenarios trabajarán los futuros profesores? La gran mayoría de los estudiantes del sistema escolar chileno asiste a establecimientos públicos o particulares subvencionados, y dentro de este tipo de escuelas, en aquellas donde existe mayor vulnerabilidad social es donde más rotación y escasez de docentes se produce. Si queremos responder a las necesidades reales del país, debemos pensar qué tipo de personas son las más adecuadas para enseñar allí.

Ser un buen profesor requiere inteligencia, sí, pero también sensibilidad, empatía y compromiso social. La educación no es un proceso meramente técnico; es una experiencia humana orientada a transformar vidas. En consecuencia, reducir los requisitos de ingreso a la pedagogía a un puntaje en una prueba estandarizada es un criterio pobre y reduccionista. Incluso podríamos preguntarnos si quienes logran los puntajes más altos en este tipo de pruebas no son, en algunos casos, quienes menos conocen de las desigualdades que atraviesan nuestras escuelas.

Tal vez el sistema necesite atraer no solo a quienes destacan en rendimiento académico, sino también a jóvenes que conozcan de primera mano los desafíos sociales y emocionales de las comunidades donde más faltan profesores. Personas que provienen de esos mismos contextos, que han vivido la vulnerabilidad y que, al haber encontrado oportunidades para continuar estudiando, pueden hoy devolver a sus comunidades una mirada distinta: la de quien sabe que enseñar también es abrir caminos.

Estos futuros profesores podrían comprender mejor la complejidad del aprendizaje en entornos adversos y vincularse con sus estudiantes desde una perspectiva integral, donde la enseñanza no se limite al rendimiento académico, sino que promueva la autoestima, la esperanza y la posibilidad real de desarrollo.

Si el objetivo es fortalecer la educación pública y disminuir las desigualdades, debemos atrevernos a invertir la lógica del mérito. En lugar de seleccionar únicamente a quienes obtienen más puntos en pruebas estandarizadas, podríamos construir políticas que reconozcan el valor del origen, la resiliencia y el compromiso con la realidad donde se necesita enseñar.

Una vez dentro del sistema, lo esencial será ofrecer a estas personas una formación sólida en lo pedagógico y profunda en lo humano, que les permita desarrollar una identidad docente coherente con los contextos en que ejercerán. No se trata de bajar estándares, sino de redefinir qué entendemos por excelencia. Porque la verdadera excelencia docente no se mide en puntajes, sino en la capacidad de transformar vidas en los lugares donde enseñar es más difícil y, precisamente por eso, más necesario.