Antes de discutir si los puntajes mínimos de ingreso a las carreras de
pedagogía deben subir o bajar, deberíamos preguntarnos qué tipo de docentes
necesita el país y en qué contextos deberán trabajar. Tal vez la verdadera
excelencia no tenga que ver con resultados en pruebas estandarizadas sino con la
capacidad de transformar vidas donde enseñar es más difícil.
Cada cierto tiempo reaparece el debate sobre los requisitos
de ingreso a las carreras de pedagogía. Se suele afirmar que elevar los
puntajes mínimos permitiría atraer a los mejores candidatos para ser futuros
profesores. Sin embargo, esta afirmación resulta poco útil si no se consideran
dos cuestiones fundamentales previas: el estatus social de la profesión docente
y los contextos en los que ejercerán los egresados.
Si se suben los puntajes mínimos de ingreso sin modificar la
valoración social de la pedagogía, la consecuencia más probable será una baja
aún mayor en la matrícula. La valoración social de la profesión docente es
bajísima actualmente y en este escenario endurecer elevar los requisitos de
puntaje solo reducirá el número de postulantes. Subir los puntajes puede ser
razonable, pero solo después de una transformación cultural profunda que
devuelva a la docencia el prestigio que merece. Ese cambio es urgente, pero
tomará años, tal vez décadas en producirse.
El segundo aspecto es el más importante y corresponde a
responder la siguiente pregunta: ¿en qué escenarios trabajarán los futuros
profesores? La gran mayoría de los estudiantes del sistema escolar chileno
asiste a establecimientos públicos o particulares subvencionados, y dentro de
este tipo de escuelas, en aquellas donde existe mayor vulnerabilidad social es donde
más rotación y escasez de docentes se produce. Si queremos responder a las
necesidades reales del país, debemos pensar qué tipo de personas son las más
adecuadas para enseñar allí.
Ser un buen profesor requiere inteligencia, sí, pero también
sensibilidad, empatía y compromiso social. La educación no es un proceso
meramente técnico; es una experiencia humana orientada a transformar vidas. En
consecuencia, reducir los requisitos de ingreso a la pedagogía a un puntaje en
una prueba estandarizada es un criterio pobre y reduccionista. Incluso
podríamos preguntarnos si quienes logran los puntajes más altos en este tipo de
pruebas no son, en algunos casos, quienes menos conocen de las desigualdades
que atraviesan nuestras escuelas.
Tal vez el sistema necesite atraer no solo a quienes
destacan en rendimiento académico, sino también a jóvenes que conozcan de
primera mano los desafíos sociales y emocionales de las comunidades donde más
faltan profesores. Personas que provienen de esos mismos contextos, que han
vivido la vulnerabilidad y que, al haber encontrado oportunidades para
continuar estudiando, pueden hoy devolver a sus comunidades una mirada
distinta: la de quien sabe que enseñar también es abrir caminos.
Estos futuros profesores podrían comprender mejor la
complejidad del aprendizaje en entornos adversos y vincularse con sus
estudiantes desde una perspectiva integral, donde la enseñanza no se limite al
rendimiento académico, sino que promueva la autoestima, la esperanza y la
posibilidad real de desarrollo.
Si el objetivo es fortalecer la educación pública y
disminuir las desigualdades, debemos atrevernos a invertir la lógica del
mérito. En lugar de seleccionar únicamente a quienes obtienen más puntos en
pruebas estandarizadas, podríamos construir políticas que reconozcan el valor
del origen, la resiliencia y el compromiso con la realidad donde se necesita
enseñar.
Una vez dentro del sistema, lo esencial será ofrecer a estas
personas una formación sólida en lo pedagógico y profunda en lo humano, que les
permita desarrollar una identidad docente coherente con los contextos en que
ejercerán. No se trata de bajar estándares, sino de redefinir qué entendemos
por excelencia. Porque la verdadera excelencia docente no se mide en puntajes,
sino en la capacidad de transformar vidas en los lugares donde enseñar es más
difícil y, precisamente por eso, más necesario.