martes, 28 de agosto de 2012

REFLEXIONES SOBRE LA ENCUESTA CEP: N° 1 LA DESESPERANZA APRENDIDA


Los resultados de la última encuesta CEP invitan a pensar sobre una realidad que se ha instalado en nuestra sociedad. Estamos desde hace un buen rato viviendo en una sensación de desencanto, desconfianza y estancamiento. La gente no cree en el sistema socio político en el cual vivimos y nos aproximamos peligrosamente a lo que Durkheim denominó “anomia”, es decir, la sensación de alienación resultante de la falta de capacidad de las estructuras y normas sociales, para orientar la conducta de sus individuos. La diferencia del contexto en el cual se realizaron los clásicos estudios de Emile Durkheim y nuestra presente realidad de desencanto, es que cuando el sociólogo francés investigó la anomia, lo hizo principalmente como una forma de explicación del suicidio, mientras que en nuestro caso, esta sensación parece tener más que ver con la aparición de focos de violencia en distintos ámbitos de nuestra sociedad.

Veamos algunos datos de la encuesta que apuntan en la dirección de lo anterior. Un 49% del total de personas encuestadas, cree que el país está estancado, mientras que un 74% estima que la democracia funciona de forma regular o definitivamente mal. Por otra parte, el dato que me parece más ilustrativo de la sensación anímica de desencanto y falta de estructura, es la marcada tendencia de desconfianza que afecta a prácticamente la totalidad de nuestras instituciones sociales. Si se comparan los datos del año 2010 y 2011 arrojados por la encuesta, se observa una estrepitosa disminución en el índice de confianza de la población respecto de prácticamente todas sus instituciones, con una de las caídas más notables en el ámbito de los partidos políticos, quienes bajan de un 15 a un 6% de confianza, durante este período.  Por otra parte, nuestra población tiene de forma generalizada la percepción de que vivimos en una sociedad de importantes y constantes conflictos irresueltos. Respecto de este tema, comparando los mismos años (2010 y 2012), en todos los ámbitos, a excepción de los conflictos existentes entre hombres y mujeres, la población tiene la percepción de un aumento en la magnitud de los conflictos. Especialmente, crece la percepción de los conflictos existentes entre gobierno y oposición, los mapuches y no mapuches y se mantiene más  o menos en una peligrosa estabilidad,  la lamentable percepción de conflicto entre empresarios y trabajadores.

Así dadas las cosas, afirmo que vivimos en un estado similar a la anomia descrita por Durkheim. Después de la oleada de optimismo que trajo para una importante parte de la población de nuestro país la instalación de Sebastian Piñera en el ejecutivo, pasados tres años de conducción del gobierno de derecha, hoy la población ha caído nuevamente en una sensación de estancamiento y desconfianza. Algo similar a lo que ya vivimos, aunque con menor intensidad, después de la llegada de la democracia y sus promesas de alegría y bienestar para toda la población por parte del conglomerado concertacionista. Hoy parece que la gente tiene la sensación de que las cosas no cambian en su fondo y que da lo mismo lo que hagamos, puesto que el sistema seguirá funcionando más o menos igual.  Podemos bailar thriller en la plaza de la constitución, hacer huelgas de hambre, llamar a plebiscitos artesanales, empelotarnos en la Moneda o plantear demandas colectivas contra una empresa. Nada parece ser eficiente para pedir cambios y todos tenemos la sensación de que en el fondo, las cosas seguirán siendo más menos las mismas. Como en aquella dramática canción de los prisioneros que decía:

Seguirá esta historia,

seguirá este orden,

porque Dios así lo quiso!

Porque Dios también es hombre!



Se llama “desesperanza aprendida” y es un fenómeno que estudió el psicólogo norteamericano Robert Seligman en la década de los 70 y con anterioridad, hace casi 100 años, el fisiólogo ruso Ivan Pavlov, refiriéndose a este fenómeno como neurosis experimental.  Se trataba de someter a un animal a situaciones de incontrolabilidad e impredicitibilidad, para observar el cuadro de reacciones resultantes. Producto de estos estudios, Pavlov descubrió que existían importantes diferencias de temperamento, que determinaban el tipo de conductas con las que los diferentes animales reaccionaban. El resultado de sus estudios arrojó que un grupo de animales reaccionaba de forma depresiva, apartándose en un rincón del laboratorio, en un estado de total inhibición conductual. Otros en cambio, se volvían rabiosos y carentes de motivo aparente, agredían a quien se le acercara, exhibiendo conductas violentas, desconectadas de un sentido adaptativo. ¿Le suena?



Después de probar durante años todo tipo de estrategias para cambiar el futuro posible, los chilenos hemos descubierto que al parecer nada es muy eficiente para cambiar el estado de las cosas. Así dada la historia, algunos se retiran al lamento y el desconsuelo, mientras otros desgraciadamente, se deciden a intentar romperlo todo. Cada cual de acuerdo a su naturaleza. En este contexto, no podemos culpar a los estudiantes por las manifestaciones de violencia. Éstas no son sino, la consecuencia de una sensación de incontrolabilidad, el resultado del aprendizaje consistente en comprender que ningún camino da resultado.



Por otra parte, después de años repitiéndonos que era lamentable tener una juventud que parecía no estar “ní ahí” con la sociedad, hemos pasado a un escenario donde el compromiso estudiantil es ahora el problema. En este nuevo contexto, el gobierno pide que los jóvenes expresen de otra forma sus demandas, y el Ministro Beyer dice que no conversará con alumnos en toma. Desde diferentes frentes se oye decir además, que el movimiento se politizó. ¡Qué maravilla! Yo no puedo dejar de sorprenderme al constatar que son justamente políticos, quienes critican la “politización” de los estudiantes. Entonces, de acuerdo a la percepción de sus principales actores, hay algo intrínsecamente perverso en la política. Cuando hablan estos señores, quejándose de los estudiantes, no puedo dejar de acordarme del viejo dictador y sus constantes quejas a la clase política. Parece que algo de sus “enseñanzas” caló hondo en una parte de nuestra población. Yo en cambio, sostengo que es obvio que este movimiento siempre fue político, porque no hay nada más político que la educación y la demandas de justicia social. ¡Y qué bien que así sea! Es lo que muchos pedían a gritos hace algunos años, pero parece que se trataba sólo de palabras vacías. 

Ahora que los jóvenes participan, y lo hacen con fuerza, requerimos entonces que se les escuche, al igual que al resto de la ciudadanía. No hace falta ser un gran sociólogo para entender el mensaje. ESTE PAÍS REQUIERE CAMBIOS ESTRUCTURALES. Lo ha dicho la ciudadanía de múltiples formas y en diversos ámbitos. Léase Hidroaysen, movimientos pro diversidad, jubilados, estudiantes, trabajadores, ciclistas, animalistas y un largo etcétera de personas y movimientos que claman por un cambio en las reglas del juego. ¿Qué hace falta para que el gobierno deje de hacerse el sordo? No pretenderán que los estudiantes formen un partido político, unjan un candidato presidencial y un programa de gobierno para poder participar en la discusión y ser escuchados. ¿Parece un poquito musho, no? Cuando los gobiernos no atienden las demandas de la ciudadanía, entonces se pierde la legitimidad y comienza la desesperanza, la rabia, la violencia y el desencanto. Este gobierno y sus 63 puntos de desconfianza, bien saben de aquello. No anden inventando después que se trataba de criminales que estaban infiltrados en el Instituto Nacional, la cuna de la elite política de nuestro país...

REFLEXIONES SOBRE LA ENCUESTA CEP: N° 2 ¿ESTAMOS EN TIEMPO MUERTO?


Continuando con el análisis de los resultados de la última encuesta CEP, podemos decir que al igual que en el escenario público social, en el contexto político, todo está también algo frenado. Los presidenciales siguen en sus seguros ministerios y la más deseada de todas las candidaturas, se encuentra casi tan lejos como el curiosity, enviado apenas una pequeña foto de vez en cuando, mientras aquí en la tierra todos se desviven por ella. Nadie se decide a dar un paso, explicitar sus acciones y hacer públicos sus verdaderas intenciones y modos de pensar. Por debajo sin embargo, está todo pasando, como en una ebullición constante, los políticos expertos planean sus estrategias para mantenerse vigentes. Los resultados de la CEP permiten elaborar algunas hipótesis explicativas sobre este aparente estancamiento.


El 46% de intención de voto que recibe la ex presidenta Michelle Bachelet, muestra una distancia al menos en teoría inalcanzable para el resto de sus “competidores”. Digámoslo sin rodeos, sólo en una mente delirante, cabe la posibilidad de pensar en competir con tamaño rival. Salvo que ocurriese algún evento que cambiase radicalmente el escenario, no hay mucho que hacer frente a aquella sólida realidad. En este contexto, el entrecomillado respecto del término “competidor”, sugiere que por el momento, no tenemos verdaderos competidores, en ninguno de los dos frentes del espectro político actual. En la derecha por ejemplo, los ministros Golborne y Allamand, se encuentran conteniendo su opción de transformarse decididamente en candidatos y salir del gabinete. Lo anterior ocurre así, puesto que tal y como están las cosas, la toma de decisión final no depende únicamente de ellos mismos. Considerando los resultados de la encuesta, si Michelle Bachelet se decide finalmente a ser candidata, resulta una apuesta más que riesgosa embarcarse en la empresa de competir con su figura. ¿Qué se puede ganar en un escenario como ese? Los resultados de la CEP muestran una diferencia prácticamente irremontable  y de acuerdo a mi percepción, sólo un político avezado, como Allamand tiene una mínima posibilidad de competir con la figura de la ex presidenta o al menos, intentar ganar algo para el largo plazo, en futuras elecciones. ¿Se imagina usted un debate entre el gerente Golborne y la actual representante mundial de las mujeres en la ONU? ¿Qué podría argumentar Golborne en función de su trayectoria, que amenazara de forma efectiva una adhesión casi enfermiza de la población por la figura de Michelle Bachelet? ¿Qué participó en el diseño del Costanera Center? ¿Qué sacó a los mineros del fondo de la tierra? Así, tal y cómo están las cosas, no veo posibilidad de que los ministros se decidan a dejar ahora mismo sus apacibles oficinas en la Moneda, para ir a correr una carrera contra Usain Bolt. Otra cosa sería, si la ex presidenta decide no re postular, en cuyo caso, el escenario resulta completamente incierto para cualquiera de los presidenciables. De modo que la decisión de los candidatos de derecha no depende en último término, principalmente de sí mismos.

Por su parte, desde el lado de la concertación, los pre candidatos radicales y DC prácticamente no existen políticamente hablando, con lo cual no me parece loco pensar que sus amenazas de competencia, son más bien una medida mediática que cualquier otra cosa. Yo diría que las apuestas de Orrego y Rincón y en menor medida de Gómez, están pensadas para dar la sensación de presencia y oferta, más que como una verdadera apuesta político presidencial. ¿O será tal vez una jugada estratégica del bloque concertacionista y sus cercanos, la de ofrecer candidatos con el mero objetivo de demorar la toma de decisión de la ex presidenta. ¿No dijo Velazco hace un tiempo que él sería candidato, sólo en el caso de que Bachelet no se presentase en estas elecciones…? Sospecho de las verdaderas intenciones de toda esta gente. Se trata sin duda de personas  astutas, que no han de estar jugando con genuinas intenciones de triunfo en esta pasada.

Respecto de la ex Presidenta, ella se encuentra también en una encrucijada de muy difícil decisión y creo que en este caso, la opción que siga tendrá que ver mucho con una cuestión de principios y la lucha es sobre todo consigo misma Habrá que esperar para ver cómo se resuelve este conflicto interno. Dado el escenario actual, Bachelet tiene casi todo por perder. En la eventualidad de negarse a ser la candidata, tendrá que construir una explicación en extremo coherente, puesto que de lo contrario se le acusará con cierto grado de certeza, de no haber arriesgado su seguridad personal por el país, de privilegiar su tranquilidad personal, en circunstancias que Chile pedía a gritos su intervención. Por otra parte, si decide embarcarse en  esta nueva carrera, tendrá el desafío  titánico de construir una nueva unidad, intentando conciliar fuerzas tan opuestas, como lo son las ideas progresistas y la poderosa comodidad conservadora de algunos concertacionistas,  que durante años ha tejido redes de influencia en las más diversas esferas de nuestro contexto político, económico  y social. Cualquiera de las dos opciones que tome la ex presidenta, parece en extremo difícil, de modo que es hasta cierto punto comprensible, que se mantenga durante todo el tiempo que pueda, alejada en su oficina de la ONU.

Así dadas las cosas, nos encontramos en un tiempo muerto. Como en un gran partido de baloncesto, el encuentro está detenido, a la espera de que alguno de los jugadores del equipo contrario de el primer paso, y desatasque el escenario, para que entremos por fin a la discusión de fondo, consistente en la discusión del cambio de reglas que rigen el juego en nuestro país (educación pública, tributos, reforma laboral, etc. etc. etc). Mientras tanto, los estudiantes continúan en las calles recibiendo el impacto de las bombas lacrimógenas, los enfermos siguen sin atención en los hospitales públicos by passeados por la burocracia administrativa, y las grandes empresas siguen buscando fórmulas para aumentar un poco más, las ya de por sí substanciosas ganancias obtenidas, mientras sigamos en este injusto partido.  

NO ME LA PUEDO PERDER


Antes que nada quiero aclarar que aun no he visto la película NO y que espero hacerlo este fin de semana. Tengo en mente algunos antecedentes que me sugieren que ver este film, puede ser una experiencia nutritiva. Se trata de mi conocimiento del director y dos de sus películas previas (Post Mortem y Tony Manero). Pablo Larraín es sin duda un tipo interesante. Ha tratado a través de su filmografía la influencia del ethos de la dictadura de Augusto Pinochet, sobre nuestro presente social, cultural y político, aunque probablemente sea este último, el aspecto menos interesante de los problemas que presenta. Resulta interesante además, que sea justamente el hijo de un relevante dirigente político de la derecha más conservadora de nuestro país, el que plantea estos problemas. Este dato, lejos de constituirse como argumento a priori para la descalificación de su trabajo, se transforma en un elemento que enrique las aristas desde las cuales plantea la complejidad del tema en cuestión. El problema de las relaciones existentes entre la familia y la política es un asunto relevante, que por otra parte ya ha sido abordado bajo el formato audiovisual (Machuca, los 80). Dichas relaciones parecen formar parte constitutiva de la trama social de este país, donde la población es tan pequeña que resulta difícil hablar de un macro mundo social, escindido del micro mundo familiar. Por otra parte, la influencia del pasado político, en nuestro presente individual, familiar, social y cultural, es un asunto del todo relevante, puesto que nos remite al complejo problema del entendimiento de la condición humana como un asunto principalmente individual, o como plantean algunos modelos, como un problema de características históricas y culturales. 
En esta oportunidad, uno de los temas que al parecer se presentan en la película NO, es el de la transición a la democracia y la influencia que habría tenido este paso y sus formas, sobre nuestro presente como país. ¿Realmente ganamos la democracia el año 89, en el sentido más profundo del término? ¿No será que nos encontramos viviendo en una ilusión democrática, al interior de la cual prevalecen de forma soterrada las lógicas de nuestro pasado reciente? ¿Qué importancia tuvo en este “cambio”, la forma bajo la cual se luchó para derrotar a Augusto Pinochet? Más allá de triunfo del NO, la reflexión a la cual nos invita el director con su nueva propuesta, es una que tiene que ver con el análisis del concepto de triunfo y derrota en el contexto político y social. 
De acuerdo al relato hecho recientemente, por uno de los protagonistas del momento histórico, luego del fallido atentado del  FPMR sobre Augusto Pinochet, la oposición se encontraba en un estado de ánimo de decaimiento y confusión, ambiente que de alguna forma dio pie a la existencia de una lucha desde un frente y unas herramientas completamente distintas  a las armas. Derrotar a Pinochet mediante un plebiscito y a través de una “creativa” campaña audiovisual, hubiese sido probablemente algo impracticable de no mediar este escenario de “derrota” previo. Este contexto,  ya sea por confusión u omisión, permitió la participación de la Concertación de Partidos por la Democracia, en una  estrategia alternativa, tan sorprendente y discutible, como lo fue la creación de una franja audiovisual diseñada para derrotar a una dictadura. 
Durante años, este país  se ha  enorgullecido de haber ganado la democracia sin violencia, a través de instrumentos tan cívicos y civilizados como un plebiscito y una campaña política en el sentido más tradicional del término. Somos el único país del mundo que cimentó una revolución socialista democrática en las urnas, así como somos también, el único pueblo, que derrotó una dictadura a través de un plebiscito. Pero al igual como ocurrió con el fallido  intento revolucionario de la Unidad Popular, ¿derrotamos realmente a la dictadura fascista de Pinochet? ¿No será acaso que el viejo se ríe de nosotros, ingenuos “ciudadanos civilizados” que vivimos la ilusión de haber cambiado el estado de las cosas? La pregunta cobra una relevancia insospechada hoy en día, que las ataduras del modelo instaurado durante la dictadura parecen estar colmando el límite de paciencia de la gran masa, que clama desde distintos frentes por cambios más profundos al sistema. Más aun, hoy que el establishment político censura señalando como improcedente, cualquier forma de protesta que no siga los cánones establecidos por la “democracia” representativa, me parece que la reflexión se torna urgente y necesaria. ¿Cómo hacemos para cambiar las cosas sin cambiar el sistema? En este contexto, el análisis del rol de la campaña del NO tiene una importancia que además de simbólica, parece ser concreta, en momentos que vivimos en el reinado absoluto de la publicidad y el marketing. Ganamos la democracia con una campaña tipo Coca-Cola, aludiendo a la alegría, el entusiasmo y la buena onda. Nada más ondero en los 80 que llevar la chapita del NO en la solapa de la chaqueta. ¿Pero realmente ganamos?  ¿Más allá de la buena onda y la alegría, es verdad que cambiamos el estado más profundo de las cosas? Qué es un triunfo y qué es una derrota parecen ser cuestiones muy complejas e imposibles de analizar en un formato tan acotado como éste y por supuesto, no tengo respuestas contundentes al respecto. Sin embargo, me resulta fundamental analizar cómo se generan los cambios,  especialmente cuando escucho a ex políticos concertacionistas, que jugaron importantes papeles durante la campaña del NO y que hoy participan en directorios de gigantes como ENERSIS, discutiendo asuntos tan “relevantes” como la legalidad o ilegalidad de aumentos de capital de 8.000 millones de dólares. Me parece que al menos, este contexto hace que valga la pena ver la nueva película de Pablo Larraín y sentarse luego a tomar unas cervezas para filosofar respecto de qué es un verdadero cambio social y político. Puede que sirva para pasar un buen rato en el presente, mientras en el congreso deciden nuestro futuro. 

EL HORNO NO ESTÁ PARA BOLLOS


Después de la tragedia de Juan Fernández no será eficaz ni eficiente organizar nuevas marchas y protestas multitudinarias, al estilo de las que hemos visto durante los últimos meses en nuestro país. El escenario emocional de nuestro país cambió y saber moverse en los distintos espacios anímicos que configuran el telón de fondo de los individuos y las sociedades, es parte de la llamada inteligencia emocional y política, que debiera tener cualquier líder o movimiento que pretenda influir y generar cambios sociales. Las emociones son estados que facilitan determinados cursos de acción, pero que restringen también otras alternativas de comportamiento posibles, en virtud de resultar discordantes con el estado de ánimo de aquellos sobre los cuales deseamos influir. Lo sabemos desde la filosofía existencialista de Heidegger y de forma más contemporánea, a través del rescate que han hecho de este saber, algunos pensadores chilenos que han traducido y aplicado con gran éxito este conocimiento filosófico en ámbitos laborales (Echeverría, 2007;  Flores, 1997; Olalla, 2004). Así, hoy tenemos plena certeza respecto de que son las emociones y no la razón, aquello que comanda las interacciones sociales, determinando qué maniobras son posibles de realizar con éxito, y cuáles deberán esperar por un momento emocional más adecuado para ser implementadas. 
Puesto que cambiaron las emociones predominantes en nuestro país, la reciente tragedia ocurrida en Juan Fernández, modificó el espacio de posibilidades para el movimiento ciudadano por el cambio de la educación. Pasamos de la rabia (la indignación), una emoción que se traduce en una activa y crítica implicación en el mundo, a la tristeza y aflicción, estados de ánimo más cercanos a la pausa y la reflexión (Solomon, 2007).  El movimiento estudiantil y el país detrás de éste, estaban sumidos hasta hace pocos días, en la tarea de cambiar el mundo, impulsados por estados de ánimo cercanos a la rabia, la frustración y la exasperación. Sin embargo, hoy nos encontramos sumergidos en una emocionalidad completamente diferente. Tener pena, estar afligido, son estados que implican conductas de recogimiento e introspección, una tendencia a retrotraernos para pensar y rearmarnos antes de salir nuevamente al mundo (Choliz, 2005; Stein y Jewett, 1986). Cuando tenemos pena no se puede celebrar, no se puede pelear y en general, este estado, es más una invitación a la pausa que cualquier otra cosa. En este caso en particular, nuestra pena tiene que ver además con la muerte, situación que aporta elementos específicos  para hacer de este momento, un espacio poco propicio para las reivindicaciones sociales bajo la forma de protestas públicas y masivas. Lo saben muy bien los budistas, seguidores de una de las filosofías más antiguas de nuestro planeta: la muerte es una realidad que templa el espíritu y nos invita a la mesura. Frente a la muerte, las cosas se ponderan de una forma distinta y lo que antes era un asunto crucial, analizado bajo el prisma de nuestra condición de seres mortales, puede ser percibido como algo más bien trivial y accesorio. Así somos los seres humanos, animales emocionales que nos movemos en un espacio difuso, más ambiguo y menos lógico de lo que algunos desearían. Haga usted el ejercicio de meditar sobre la muerte y podrá ver que las cosas cobran una dimensión distinta. El sorpresivo fallecimiento del grupo de los 21 y especialmente el de Felipe Camiroaga, confirman estas ideas, tan antiguas como la existencia del homo sapiens sobre la tierra. Hay quienes sostienen incluso, que es la conciencia de la muerte y no la inteligencia humana, aquello que nos diferencia de forma más sustantiva respecto de otras especies que habitan nuestro planeta. En este caso se trata además, no sólo de la triste noticia de la muerte de un grupo de personas queridas. El accidente aéreo nos remece de forma especialmente brusca, porque constituye el fallecimiento de quien representaba para muchos una imagen inmortal. Los rostros de la TV, no son en verdad personas para la audiencia, son símbolos sobre los cuales se depositan ideales, esperanzas y proyecciones, estados emanados con frecuencia, de una vida carente de sentido y sustento personal. La muerte de uno de estos rostros, no solamente es una tragedia, es además, un evento completamente improbable e impensado para quienes están delante de la pantalla. Con ello se mueren también en parte, nuestras propias esperanzas de inmortalidad y aterrizamos de forma brusca y  trágica, sobre nuestra condición de seres vulnerables.
Así dadas las cosas, el horno no está actualmente para bollos. Lo que antes era lógico y deseable, hoy se ha vuelto en parte una situación ajena para una importante cantidad de gente. Algunos de los que otrora se entusiasmaban con la posibilidad de cambios sociales, hoy se encuentran sumidos en un estado de estupefacción e introspección. En este contexto, plantear inmediatamente nuevas protestas, parece ser una estrategia errada por parte de los actores sociales que comandan el movimiento por el cambio de la educación. El espacio emocional de nuestro país cambió y por ahora no será posible generar el entusiasmo que hace unos días era parte de nuestra cotidiana realidad social. Si a todo lo anterior sumamos el natural cansancio que se produce después de 4 meses de movilizaciones, los porfiados hechos indican la necesidad de un cambio de estrategia, al menos por un tiempo. Si el movimiento estudiantil quiere seguir contando con el apoyo hasta ahora abrumador de la población, deberá resituarse de forma inteligente en este nuevo contexto emocional, donde probablemente la reflexión, el debate y una invitación a generar un plebiscito ciudadano, resulten ser estrategias por el momento más coherentes, que salir nuevamente a marchar por las calles de nuestro país.

PIÑERA Y LAS EMOCIONES


La reciente publicación de los resultados de la última encuesta Adimark, confirma una tendencia que marca la relación del gobierno con la gente de nuestro país. Es verdad, que posiblemente esta situación varíe, en un sentido positivo durante el período de gobierno que resta, sin embargo, es muy probable también, que los niveles de apoyo a la labor del gobierno ya no alcancen para el final de su período, la aprobación proyectada por nuestras autoridades al comienzo de su mandato. La relación del gobierno con la gente no es buena y por más que el Presidente se esfuerce enviando mensajes que apuntan a revertir esta situación (voto de chilenos en el extranjero, unión civil de parejas homosexuales, aumento significativo del presupuesto en educación), el trasfondo emocional de su comunicación, parece jugar un rol en el sentido contrario a estos intentos: ¿Cómo es posible que un gobierno que acabará con el 7% de los jubilados, que aumentará el post natal a 6 meses, qué crece al 6%  y que pretende crear un SERNAC financiero, tenga un porcentaje de rechazo del 68% ¿Dónde se encuentra el problema, cuál es la explicación de esta aparente paradoja? 
Hace más de 30 años un grupo de investigadores en Palo Alto (California), elaboró una teoría explicativa de la comunicación humana que resulta muy provechosa para analizar el problema del Presidente Piñera anteriormente descrito. Podemos complementar además dichas ideas, con algunos avances más recientes, respecto del rol y modo de funcionamiento de las emociones en la interacción. Tomando algunos de estos antecedentes, resulta apropiado para comenzar, el considerar que todo acto de comunicación humana presenta dos niveles de funcionamiento, denominados respectivamente nivel de “contenido” y nivel “relacional”. El nivel de contenido, hace referencia a aquello que se dice y que se expresa generalmente de forma verbal. Se trata de aquello sobre lo cual hablamos o dicho de otra forma, “el contenido de nuestra comunicación”. El nivel relacional en cambio, corresponde al tipo de relación que establecemos con nuestros interlocutores, mientras decimos lo que tenemos que decir. Resulta muy interesante saber, que a pesar de que generalmente sólo somos conscientes del contenido de nuestra comunicación, (“aquello de lo cual hablamos”), en toda interacción humana estamos también estableciendo siempre una particular relación con nuestros interlocutores, frecuentemente sin percatarnos de este segundo aspecto de la interacción. Así, el que nuestra comunicación sea fructífera, generando una transmisión eficiente de información o permitiendo la generación  de acuerdos por ejemplo, depende no sólo de que seamos claros y precisos respecto de lo que decimos, sino que aquello depende además y de forma principal, de la relación que establecemos con nuestros interlocutores durante la comunicación. Esta relación, se construye a partir del intercambio emocional y por canales no verbales de comunicación que operan durante la conversación (Bächler y Poblete, en prensa).
En un ejemplo reciente de comunicación del ejecutivo,  relacionado con todo lo anterior, encontramos el mensaje del presidente durante la última entrevista realizada en el programa Tolerancia Cero (http://www.chilevision.cl/home/content/view/379026/2147/). Durante ésta, frente a la pregunta de Matías del Rio, respecto de la posibilidad de que se descubra que  algunos de sus ministros hubiere lucrado a través de universidades de las cuales forman parte, el Presidente  señala (es decir el contenido de su comunicación es) que “la nadie está por encima o debajo de la justicia en Chile”. El mensaje, desde el punto de vista verbal es claro y preciso: en Chile la justicia es igual para todos y por lo tanto si hay que juzgar a algún ministro, el gobierno no tendrá reparos en hacerlo. Sin embargo, el Presidente, durante un brevísimo lapso de tiempo, mantiene silencio antes de responder y acomoda su cuello en un gesto característico de su lenguaje no verbal. Este gesto, característico de Sebastián Piñera, ha sido captado de manera extremadamente acertada por  nuestro humorista Stefan Kramer (http://www.youtube.com/watch?v=v1x1eA_hZrQ) parodiándolo bajo la forma de pensamientos implícitos, que para los efectos de nuestro caso podrían ser algo así como: “qué respondo ahora” o “que contesto a esta pregunta que me pone en aprietos” y constituye un notable ejemplo de la comunicación no verbal y emocional de nuestro Presidente. Al respecto, es interesante  considerar los estudios del psicólogo norteamericano Paul Ekman, quien ha investigado durante más de 40 años, los procesos de comunicación no verbal de las emociones, comprobando la participación de grupos musculares que se activan en nuestro rostro de manera involuntaria y cuya actividad no resulta controlable de forma consciente, mientras interactuamos con otras personas (http://www.paulekman.com/). Este experto, se ha especializado además en identificar algunas coordenadas del lenguaje no verbal asociadas a la mentira, situación que ha sido incluso, llevada a la televisión con gran éxito a través de la serie “Miénteme” (lie to me). 
¿Qué ocurre entonces con los mensajes que emanan del ejecutivo hacia la población a través de las señales abiertas de nuestra televisión? ¿Qué tipo de relación construye implícitamente nuestro Presidente con nosotros mientras nos informa de sus decisiones? Tenemos un proceso que más o menos puede caracterizarse de la siguiente forma: El Presidente Piñera expresa verbalmente las decisiones del ejecutivo, respecto de cuestiones que más allá de cualquier disquisición política, son sin duda, asuntos importantes para nuestro país. Puede discutirse si estas decisiones son más o menos acertadas desde un punto de vista técnico y/o si emanan de una visión política propia o responden  a la necesidad de mantener el raiting. Sin embargo, más allá de estos aspectos, que no viene al caso analizar aquí, es indudable que alguno de estos proyectos constituyen al menos en su generalidad, verdaderos avances para nuestro país. ¿Qué ocurre no obstante que estos mensajes no se traducen en la generación de un clima de confianza en nuestro Presidente (http://www.adimark.cl/es/estudios/documentos/08_ev_gob_agos_2011.pdf) y sus decisiones por parte de la ciudadanía y que por el contario, se deteriora cada vez más la relación del gobierno con la gente de Chile? Como señalaran Waztlawick y sus colaboradores en Palo Alto, el significado percibido de  los mensajes comunicacionales, no depende solamente del contenido verbalmente expresado. El cómo se dice lo que se dice, a través de aspectos relacionados con el tono de la voz, el uso de los silencios, la gesticulación, la postura corporal y especialmente el movimiento de los ojos, constituyen el trasfondo que da en último término, sentido al mensaje que se expresa. Así cuando se escucha al Presidente decir que hará tales o cuales cambios, junto al contenido de su mensaje, nosotros percibimos también en forma paralela, las pausas de su discurso, el tono de su voz, su gesticulación y una serie de otros aspectos que ayudan de manera no consciente a decodificar el mensaje presidencial, asignándole su sentido final, como una interpretación que surge de la conjugación de ambos niveles presentes en la comunicación humana. Así, lo dicho puede ser entendido como una genuina invitación al diálogo, como una oportunidad para manipular, como un asunto en el que creo o como un evento sobre el cual me veo forzado a decir algo “correcto”. Recientes estudios hechos en Suecia, han demostrado que los seres humanos decodificamos las claves corporales de las emociones de los otros durante la comunicación a través de `procesos de imitación implícita que me permiten deducir su emoción construyendo con esto el significado final del mensaje recibido (Dimberg, Thunberg y Elmehed, 2000). Así, más allá de las palabras, es el tono emocional de nuestra comunicación, aquello que da sentido a los mensajes que emitimos, colocando todo lo dicho en el contexto de una relación con nuestro interlocutor. Visto todo lo anterior, vale la pena preguntarse entonces: ¿Cómo son las emociones de nuestro Presidente? Nosotros sostenemos que en algunas ocasiones, el Presidente se muestra inseguro, frecuentemente aparece forzado a decir cosas en las que probablemente no cree y con no menos frecuencia, se le observa deseoso de impresionar a su audiencia. Así, es probable que en muchas situaciones su mensaje digital, es decir el contenido de su discurso, se exprese inmerso en un trasfondo emocional que lo desvirtúa, lo modifica e incluso a veces lo niega. Mejorar la relación del Presidente con la ciudadanía, aumentando los niveles de confianza sobre su persona sería entonces cuestión de cambiar las emociones del Presidente Piñera, puesto que en el nivel lógico, el contenido generalmente pertinente. Sin embargo, las emociones no se modifican a voluntad. Nuestras predisposiciones emocionales se desarrollan durante años y años de historia personal, en interacción con otros significativos y en el seno de nuestra familia y contexto cultural. Por esta razón, de no mediar una profunda psicoterapia o la ocurrencia de algún evento emocionalmente  trascendente, pocas esperanzas hay de que la situación descrita en torno de las emociones del Presidente  cambie en el corto plazo. Deberemos acostumbrarnos entonces, a este nuevo estilo de gobernar y nuestra máxima autoridad por su parte, deberá asumir que muy probablemente el anhelado cariño de la gente, no llegue durante este período.