Después de la tragedia de Juan Fernández no será eficaz ni eficiente organizar nuevas marchas y protestas multitudinarias, al estilo de las que hemos visto durante los últimos meses en nuestro país. El escenario emocional de nuestro país cambió y saber moverse en los distintos espacios anímicos que configuran el telón de fondo de los individuos y las sociedades, es parte de la llamada inteligencia emocional y política, que debiera tener cualquier líder o movimiento que pretenda influir y generar cambios sociales. Las emociones son estados que facilitan determinados cursos de acción, pero que restringen también otras alternativas de comportamiento posibles, en virtud de resultar discordantes con el estado de ánimo de aquellos sobre los cuales deseamos influir. Lo sabemos desde la filosofía existencialista de Heidegger y de forma más contemporánea, a través del rescate que han hecho de este saber, algunos pensadores chilenos que han traducido y aplicado con gran éxito este conocimiento filosófico en ámbitos laborales (Echeverría, 2007; Flores, 1997; Olalla, 2004). Así, hoy tenemos plena certeza respecto de que son las emociones y no la razón, aquello que comanda las interacciones sociales, determinando qué maniobras son posibles de realizar con éxito, y cuáles deberán esperar por un momento emocional más adecuado para ser implementadas.
Puesto que cambiaron las emociones predominantes en nuestro país, la reciente tragedia ocurrida en Juan Fernández, modificó el espacio de posibilidades para el movimiento ciudadano por el cambio de la educación. Pasamos de la rabia (la indignación), una emoción que se traduce en una activa y crítica implicación en el mundo, a la tristeza y aflicción, estados de ánimo más cercanos a la pausa y la reflexión (Solomon, 2007). El movimiento estudiantil y el país detrás de éste, estaban sumidos hasta hace pocos días, en la tarea de cambiar el mundo, impulsados por estados de ánimo cercanos a la rabia, la frustración y la exasperación. Sin embargo, hoy nos encontramos sumergidos en una emocionalidad completamente diferente. Tener pena, estar afligido, son estados que implican conductas de recogimiento e introspección, una tendencia a retrotraernos para pensar y rearmarnos antes de salir nuevamente al mundo (Choliz, 2005; Stein y Jewett, 1986). Cuando tenemos pena no se puede celebrar, no se puede pelear y en general, este estado, es más una invitación a la pausa que cualquier otra cosa. En este caso en particular, nuestra pena tiene que ver además con la muerte, situación que aporta elementos específicos para hacer de este momento, un espacio poco propicio para las reivindicaciones sociales bajo la forma de protestas públicas y masivas. Lo saben muy bien los budistas, seguidores de una de las filosofías más antiguas de nuestro planeta: la muerte es una realidad que templa el espíritu y nos invita a la mesura. Frente a la muerte, las cosas se ponderan de una forma distinta y lo que antes era un asunto crucial, analizado bajo el prisma de nuestra condición de seres mortales, puede ser percibido como algo más bien trivial y accesorio. Así somos los seres humanos, animales emocionales que nos movemos en un espacio difuso, más ambiguo y menos lógico de lo que algunos desearían. Haga usted el ejercicio de meditar sobre la muerte y podrá ver que las cosas cobran una dimensión distinta. El sorpresivo fallecimiento del grupo de los 21 y especialmente el de Felipe Camiroaga, confirman estas ideas, tan antiguas como la existencia del homo sapiens sobre la tierra. Hay quienes sostienen incluso, que es la conciencia de la muerte y no la inteligencia humana, aquello que nos diferencia de forma más sustantiva respecto de otras especies que habitan nuestro planeta. En este caso se trata además, no sólo de la triste noticia de la muerte de un grupo de personas queridas. El accidente aéreo nos remece de forma especialmente brusca, porque constituye el fallecimiento de quien representaba para muchos una imagen inmortal. Los rostros de la TV, no son en verdad personas para la audiencia, son símbolos sobre los cuales se depositan ideales, esperanzas y proyecciones, estados emanados con frecuencia, de una vida carente de sentido y sustento personal. La muerte de uno de estos rostros, no solamente es una tragedia, es además, un evento completamente improbable e impensado para quienes están delante de la pantalla. Con ello se mueren también en parte, nuestras propias esperanzas de inmortalidad y aterrizamos de forma brusca y trágica, sobre nuestra condición de seres vulnerables.
Así dadas las cosas, el horno no está actualmente para bollos. Lo que antes era lógico y deseable, hoy se ha vuelto en parte una situación ajena para una importante cantidad de gente. Algunos de los que otrora se entusiasmaban con la posibilidad de cambios sociales, hoy se encuentran sumidos en un estado de estupefacción e introspección. En este contexto, plantear inmediatamente nuevas protestas, parece ser una estrategia errada por parte de los actores sociales que comandan el movimiento por el cambio de la educación. El espacio emocional de nuestro país cambió y por ahora no será posible generar el entusiasmo que hace unos días era parte de nuestra cotidiana realidad social. Si a todo lo anterior sumamos el natural cansancio que se produce después de 4 meses de movilizaciones, los porfiados hechos indican la necesidad de un cambio de estrategia, al menos por un tiempo. Si el movimiento estudiantil quiere seguir contando con el apoyo hasta ahora abrumador de la población, deberá resituarse de forma inteligente en este nuevo contexto emocional, donde probablemente la reflexión, el debate y una invitación a generar un plebiscito ciudadano, resulten ser estrategias por el momento más coherentes, que salir nuevamente a marchar por las calles de nuestro país.
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