martes, 28 de agosto de 2012

NO ME LA PUEDO PERDER


Antes que nada quiero aclarar que aun no he visto la película NO y que espero hacerlo este fin de semana. Tengo en mente algunos antecedentes que me sugieren que ver este film, puede ser una experiencia nutritiva. Se trata de mi conocimiento del director y dos de sus películas previas (Post Mortem y Tony Manero). Pablo Larraín es sin duda un tipo interesante. Ha tratado a través de su filmografía la influencia del ethos de la dictadura de Augusto Pinochet, sobre nuestro presente social, cultural y político, aunque probablemente sea este último, el aspecto menos interesante de los problemas que presenta. Resulta interesante además, que sea justamente el hijo de un relevante dirigente político de la derecha más conservadora de nuestro país, el que plantea estos problemas. Este dato, lejos de constituirse como argumento a priori para la descalificación de su trabajo, se transforma en un elemento que enrique las aristas desde las cuales plantea la complejidad del tema en cuestión. El problema de las relaciones existentes entre la familia y la política es un asunto relevante, que por otra parte ya ha sido abordado bajo el formato audiovisual (Machuca, los 80). Dichas relaciones parecen formar parte constitutiva de la trama social de este país, donde la población es tan pequeña que resulta difícil hablar de un macro mundo social, escindido del micro mundo familiar. Por otra parte, la influencia del pasado político, en nuestro presente individual, familiar, social y cultural, es un asunto del todo relevante, puesto que nos remite al complejo problema del entendimiento de la condición humana como un asunto principalmente individual, o como plantean algunos modelos, como un problema de características históricas y culturales. 
En esta oportunidad, uno de los temas que al parecer se presentan en la película NO, es el de la transición a la democracia y la influencia que habría tenido este paso y sus formas, sobre nuestro presente como país. ¿Realmente ganamos la democracia el año 89, en el sentido más profundo del término? ¿No será que nos encontramos viviendo en una ilusión democrática, al interior de la cual prevalecen de forma soterrada las lógicas de nuestro pasado reciente? ¿Qué importancia tuvo en este “cambio”, la forma bajo la cual se luchó para derrotar a Augusto Pinochet? Más allá de triunfo del NO, la reflexión a la cual nos invita el director con su nueva propuesta, es una que tiene que ver con el análisis del concepto de triunfo y derrota en el contexto político y social. 
De acuerdo al relato hecho recientemente, por uno de los protagonistas del momento histórico, luego del fallido atentado del  FPMR sobre Augusto Pinochet, la oposición se encontraba en un estado de ánimo de decaimiento y confusión, ambiente que de alguna forma dio pie a la existencia de una lucha desde un frente y unas herramientas completamente distintas  a las armas. Derrotar a Pinochet mediante un plebiscito y a través de una “creativa” campaña audiovisual, hubiese sido probablemente algo impracticable de no mediar este escenario de “derrota” previo. Este contexto,  ya sea por confusión u omisión, permitió la participación de la Concertación de Partidos por la Democracia, en una  estrategia alternativa, tan sorprendente y discutible, como lo fue la creación de una franja audiovisual diseñada para derrotar a una dictadura. 
Durante años, este país  se ha  enorgullecido de haber ganado la democracia sin violencia, a través de instrumentos tan cívicos y civilizados como un plebiscito y una campaña política en el sentido más tradicional del término. Somos el único país del mundo que cimentó una revolución socialista democrática en las urnas, así como somos también, el único pueblo, que derrotó una dictadura a través de un plebiscito. Pero al igual como ocurrió con el fallido  intento revolucionario de la Unidad Popular, ¿derrotamos realmente a la dictadura fascista de Pinochet? ¿No será acaso que el viejo se ríe de nosotros, ingenuos “ciudadanos civilizados” que vivimos la ilusión de haber cambiado el estado de las cosas? La pregunta cobra una relevancia insospechada hoy en día, que las ataduras del modelo instaurado durante la dictadura parecen estar colmando el límite de paciencia de la gran masa, que clama desde distintos frentes por cambios más profundos al sistema. Más aun, hoy que el establishment político censura señalando como improcedente, cualquier forma de protesta que no siga los cánones establecidos por la “democracia” representativa, me parece que la reflexión se torna urgente y necesaria. ¿Cómo hacemos para cambiar las cosas sin cambiar el sistema? En este contexto, el análisis del rol de la campaña del NO tiene una importancia que además de simbólica, parece ser concreta, en momentos que vivimos en el reinado absoluto de la publicidad y el marketing. Ganamos la democracia con una campaña tipo Coca-Cola, aludiendo a la alegría, el entusiasmo y la buena onda. Nada más ondero en los 80 que llevar la chapita del NO en la solapa de la chaqueta. ¿Pero realmente ganamos?  ¿Más allá de la buena onda y la alegría, es verdad que cambiamos el estado más profundo de las cosas? Qué es un triunfo y qué es una derrota parecen ser cuestiones muy complejas e imposibles de analizar en un formato tan acotado como éste y por supuesto, no tengo respuestas contundentes al respecto. Sin embargo, me resulta fundamental analizar cómo se generan los cambios,  especialmente cuando escucho a ex políticos concertacionistas, que jugaron importantes papeles durante la campaña del NO y que hoy participan en directorios de gigantes como ENERSIS, discutiendo asuntos tan “relevantes” como la legalidad o ilegalidad de aumentos de capital de 8.000 millones de dólares. Me parece que al menos, este contexto hace que valga la pena ver la nueva película de Pablo Larraín y sentarse luego a tomar unas cervezas para filosofar respecto de qué es un verdadero cambio social y político. Puede que sirva para pasar un buen rato en el presente, mientras en el congreso deciden nuestro futuro. 

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