jueves, 17 de octubre de 2024

Cuatro mitos acerca del estallido social que impiden una conversación honesta

 

Dr. Rodolfo Bachler

Académico Escuela de Psicología U. Mayor

Rodolfo.bachler@umayor.cl





A punto de cumplirse cinco años del estallido social, hoy nos encontramos con diferentes relatos acerca de este fenómeno que enturbian su comprensión. Esta situación no ayuda a avanzar en la solución de los problemas que dieron origen al estallido ni tampoco, contribuyen a atenuar la posibilidad de que este se repita. Parece claro que algunos de dichos relatos constituyen discursos prefabricados con la intención de sacar ventaja política. Otros en cambio, consisten en aproximaciones reduccionistas que cumplen la función de generar tranquilidad entre las personas generando la falsa ilusión de comprensión de un fenómeno que es a todas luces complejo.

En la escuela de psicología de la Universidad Mayor realizamos una serie de mediciones de las emociones que experimentaban las personas por esos días, un proceso que se extendió hasta la llegada de la pandemia. Algunos de los datos recogidos se presentaron en notas de radios y periódicos y fueron analizados con mayor profundidad en dos seminarios que contaron con la participación de connotados analistas políticos (seminario 1, seminario 2).

Todos los datos recogidos, puestos en diálogo con otras fuentes de información permiten desmontar diferentes mitos que se han ido construyendo posteriormente en torno del estallido y que impiden una lectura criteriosa del proceso acaecido en Chile y sus implicancias hacia el futuro. A continuación, analizo cuatro de los mitos que me parecen más significativos debido a la relevancia que presentan en términos de impedir una conversación intelectualmente honesta respecto de este fenómeno.


Mito número 1: El estallido fue comandado por un grupo organizado de líderes

El estallido fue lo que en ciencia cognitiva se denomina un fenómeno emergente. De acuerdo con la definición del filósofo norteamericano John Searle, un fenómeno emergente es aquel que no puede ser explicado a partir de su descomposición en elementos constituyentes más pequeños ni es comandado por un ejecutor central. Los fenómenos emergentes han sido identificados en diferentes ámbitos del estudio científico de la realidad, y, por supuesto, son el pan de cada día en la investigación de los fenómenos sociales. 

El estallido social surge de la interacción de diferentes hechos y variables que fueron interactuando entre sí para catalizar un proceso que, probablemente, latía desde hace algunas décadas como posibilidad. A este respecto, es importante recordar que el año 2006 ya habíamos vivido una primera manifestación de este tipo con los llamados pingüinos que sorprendieron a todo Chile al tomarse los establecimientos educacionales. Esta situación fue seguida por las protestas de los universitarios el año 2011 y se acompañó de las masivas manifestaciones en contra de la central hidroeléctrica Hidroaysen ese mismo año. Podríamos continuar con el movimiento No+AFP que se consolida el año 2016 después de las incendiarias declaraciones de su creador en una entrevista en la TV. Al igual que en este último caso, el estallido social del año 2019 parece emerger a partir de la interacción entre diferentes variables tales como la desigualdad objetiva reinante en el país, las desafortunadas declaraciones de algunos ministros de la época, la subida en el precio del transporte público y los casos de corrupción que terminaron en clases de ética. Todo este material fue caldo de cultivo en la población para la generación de un sentimiento de injusticia que no habiendo sido atendido durante décadas, explotó, de forma espontánea el 19 de octubre de 2019.

Contrariamente a quienes buscaron líderes responsables de este proceso en el K-pop, en la izquierda latinoamericana o incluso en los alienígenas, el estallido social tuvo como una de sus principales características, el hecho de tratarse de un evento carente de organización y cabecillas que guiaran su curso. De facto, es probable que una parte importante de este sorprendente fenómeno fuese, justamente, una expresión de rabia contra cualquier tipo de liderazgo articulado políticamente (para una revisión de esta acefalía del estallido, puede verse el libro de Patricio Fernández “Sobre la marcha”). 

El carácter emergente del estallido es una realidad hasta ahora indesmentible, sin embargo, es probable que para personas de mentalidad conservadora resulte difícil asumir esta situación. Hablamos de un tipo de hechos que a pesar de ser de ocurrencia frecuente, pueden resultar angustiantes dado que su observación nos recuerda el dinamismo, la complejidad y, sobre todo, la incertidumbre bajo la cual vivimos nuestras vidas. En este escenario, la elaboración de fantasías de control puede constituirse como efectivos mecanismos reductores de la angustia en un mundo cargado de impredecibilidad.


Mito número 2: Lo que vivimos en octubre de 2019 fue un estallido delictual

La categoría “delictual” resulta completamente maniquea para dar cuenta de la complejidad del proceso experimentado en Chile el año 2019. Lo anterior no equivale a negar la presencia de hechos delictuales al interior de este fenómeno. Lo que vivimos en Chile fue una manifestación de protesta social y como tal, al igual que la mayoría de las protestas acaecidas en el mundo en los últimos años conllevó hechos de violencia y también acciones delictuales (ver, por ejemplo, Paris 2018, Barcelona, 2019, Colombia 2021). Se trata, probablemente, de dos dimensiones inseparables de todo proceso social, una cuestión que puede resultar muy perturbadora para personas que buscan la pureza en la sociedad. De hecho, como afirma el filósofo político chileno, Cristobal Belollio, es probable que el estallido y su consigna de que “Chile despertó” no hubiesen sido jamás posibles de no sucederse actos violentos de por medio. Se trata de un hecho de la causa, no de una opinión a favor de la violencia.

Datos empíricos de nuestra propia investigación avalan las afirmaciones anteriores. A este respecto, sabemos, por ejemplo, que la rabia experimentada por los chilenos frente a los saqueos y actos vandálicos era mucho más fuerte entre las personas de mayores ingresos económicos. Se trata de un dato sorprendente si se considera que quienes en teoría debiesen haber experimentado más rabia frente a este tipo de acciones son justamente aquellas personas con menos recursos quienes hacen un uso cotidiano de la infraestructura pública dañada. ¿Transforma este dato de menor molestia frente a los actos vandálicos a las personas de menores recursos económicos de la sociedad en delincuentes? Más aún, ¿son delincuentes todas aquellas personas que vandalizaron infraestructura pública? Se trata de una pregunta inquietante y de difícil contestación pero que debe ser respondida con mente fría y libre de prejuicios si lo que se desea es avanzar en la comprensión del complejo fenómeno que fue el estallido social. 



Por otra parte, es claro, que debido al carácter emergente y acéfalo del estallido ya descrito, resultaba imposible, en ese momento, fijar límites para el comportamiento de las personas en dicho contexto. El estallido social fue un momento de suspensión de la normalidad social y como tal, transformó las conductas de las personas. Puede resultar contraintuitivo para los no expertos, sin embargo, quienes investigamos la psicología humana, sabemos que los comportamientos son situacionales y mucho menos sujetos a la voluntad autoconsciente de lo que a la mayoría de la gente le gusta imaginar (Bargh y Chartrand, 1999). 


Mito número 3: El estallido fue un fenómeno político de izquierda

Reconozcámoslo, mientras usted cantaba “Chile despertoooo, Chile despertooo”, soñando con la revolución que acabaría con el neoliberalismo, a su lado, entonando el mismo cántico, había quienes se ilusionaban con un Chile donde fuese más fácil cambiar el auto. El estallido social no fue de izquierda ni de derecha, fue una explosión que cruzó todo el espectro político. De hecho, el eje izquierda - derecha resulta ser un burdo reduccionismo para explicar comportamientos que más que conectar con ideologías políticas, tenía como trasfondo, profundas sensaciones de injusticia e indignidad.  No lo vimos en su momento y por eso nos sorprendió tanto que con posterioridad al estallido social, el candidato de ultraderecha José Antonio Kast pasara a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales 2021 con la primera mayoría nacional. 

Este es el nuevo mundo. Un mundo donde la gente puede votar por la candidata a senadora Fabiola Campillay y en paralelo, elegir presidente a JAK. Mientras más pronto abandonemos el romanticismo político, más tiempo tendremos para conectar con el sentir profundo de la gente. 

En octubre de 2019, los chilenos estaban (están) hastiados, agotados de la injusticia del día a día. En ese contexto, el estallido significó un aire de esperanza en medio de lo que era un sombrío panorama emocional. De acuerdo con la medición que realizamos en la Escuela de Psicología de la Universidad Mayor, las emociones más intensamente experimentadas durante esos días fueron el interés y la alegría por las manifestaciones de protesta social (ver “Radiografía emocional frente a la movilización social”). Se trata de una combinación afectiva que según el psicólogo experto en emociones, Robert Plutchick, da origen al optimismo y la esperanza de cambio. Tal y como lo expresaron algunos de los 1061 compatriotas que participaron en el estudio:

“Muy emocionante sentir y vivir como se une en paz un país para demostrar un descontento generalizado” 

“Una gran emoción al ver a toda la gente unida por una causa” 

“Gran esperanza por nuestro futuro y compromiso para aportar en construir” 


Por unos días, tal vez meses, los chilenos y chilenas se unieron en son de protesta por la injusticia, esperanzados por un cambio que diese oportunidad de mayor dignidad a la población. Sin embargo, las causas de la injusticia percibida, así como las fórmulas para un eventual cambio eran entendidas de muy variadas formas entre quienes participaron de este proceso.

Mito número 4: la violencia que se vivió por esos días obedece a los discursos de figuras políticas que avalaron este tipo de conductas

Finalmente, un mito cuyo análisis cobra especial importancia en estos días de conmemoración del estallido, es la idea de que el componente de violencia del estallido social encuentra su razón de ser en el aval de figuras políticas que no cuestionaron su expresión.

Aun cuando un análisis calmado y a posteriori de los hechos ocurridos en octubre de 2019 sugiere que una parte del espectro político cometió un error al avalar explícita o implícitamente los hechos violentos que se vivieron por esos días, la creencia de que en este aval se encuentra parte de la causa de dichos actos resulta ser completamente exagerada. De hecho, una de las cosas que con mayor claridad expresó el estallido, fue un profundo desprecio por los “lideres” políticos y sus comportamientos. Bajo esa premisa, resulta ingenuo creer que las personas se comportarían de acuerdo con los dictámenes de dichas figuras e incluso, no hay que ser demasiado audaz intelectualmente para suponer que declaraciones de condena a los comportamientos violentos pudieran haber actuado en ese momento como bencina para un fuego que ya estaba bastante vivo por esos días. En ese contexto, si bien resulta razonable cuestionar desde un punto de vista ético la falta de condena a los hechos violentos expresados por parte de los manifestantes, aseverar que esta ausencia un factor causal de dichas conductas constituye si no una forma de manipulación de los hechos, al menos una deshonestidad intelectual que dificulta la instalación de análisis serios respecto de todo lo vivido.

Concluyo con una reflexión general. Si como país queremos avanzar y aprender de lo vivido durante octubre de 2019 y los meses posteriores, requerimos realizar un análisis desprejuiciado del estallido. Un examen de estas características implica mirar de frente el fenómeno, dispuestos a asumir la posibilidad de que en el fragor de la batalla cualquiera de nosotros pudiera haber emitido juicios equivocados respecto de este tema. Por el contrario, si nos empecinamos en expresar aseveraciones apresuradas y antojadizas que reduzcan la complejidad del fenómeno, entonces, nos encontramos frente a un eminente riesgo de nuevos estallidos, de consecuencias imprevisibles. Lo ocurrido en Chile el 19 de octubre de 2019 debe ser motivo de aprendizaje y desarrollo para hacer mejor política y no una oportunidad argumentar en contra de adversarios políticos. Un diagnóstico riguroso y más preciso respecto de lo ocurrido puede llevarnos en el futuro, a la construcción de soluciones efectivas para nuestro país.