martes, 5 de enero de 2021
CAIDA LIBRE EN LA APROBACIÓN DEL GOBIERNO DEL PRESIDENTE PIÑERA: LAS EMOCIONES DETRÁS DE LA DEBACLE
El presidente Piñera y su gobierno han alcanzado la semana recién pasada, un nuevo mínimo histórico de aprobación, hito que puede considerarse, por lo negativo, un lamentable record de su gestión. Cercano a confundirse con los márgenes de error de las encuestas, los últimos resultados de aprobación de su gobierno (5,1 % en la encuesta Pulso Ciudadano de Activa Research), nos hablan de un inédito bajísimo grado de aprobación por la persona del presidente, que no tiene antecedentes en mandatario alguno que haya gobernado en nuestro país, desde que hay estadísticas al respecto. Con anterioridad al segundo gobierno del presidente Piñera, el “primer lugar”, en este triste ranking de los mínimos de aprobación, era detentado por la presidenta Bachelet, quien había obtenido una aprobación de 15%, según la encuesta de agosto de 2016 del Centro de Estudio Públicos (CEP). Se trata, este último, de un resultado que, mirado retrospectivamente, deviene ahora casi en un motivo de orgullo para sus partidarios. Todo esto, aún cuando en su minuto, este hecho fue caldo de cultivo para los llamados a renunciar por parte de sus adversarios, como nos lo recuerdan ahora insistentemente las redes sociales a propósito de la debacle del actual gobierno.
Prácticamente nadie quiere en este momento al presidente, e incluso, entre quienes se autodefinen políticamente como “de derecha”, el grado de aprobación alcanza apenas a un 25,4%
¿Cómo se produce este “milagro”? ¿De qué emociones se compone esta generalizada sensación de rechazo?
Junto a un equipo de investigadores (Rodolfo Bachler, Pablo Segovia, Constanza Carter y María Josefa Pacheco) conforman el equipo a cargo de este estudio nos hemos abocado, durante el último año, a evaluar las emociones que han experimentado las personas que viven en Chile frente a diferentes aspectos asociados al denominado “estallido social” y la crisis sanitaria provocada por el COVID-19. Varios de los hallazgos de este estudio fueron presentados en un reciente seminario realizado en la escuela de psicología de la Universidad Mayor y pueden revisarse en este enlace. Ahora quiero detenerme en el análisis de algunos resultados más específicos, referidos a las emociones que durante el último año ha suscitado en nuestra población la actuación del gobierno y la figura de nuestro presidente, con el objetivo de comprender, de mejor forma, su escaso grado de aceptación.
Primer elemento: la rabia que surge del agravio
Lo primero que llama la atención al examinar los datos que tenemos, es que, de todos los ítems que evaluamos durante el año que va de octubre de 2019 a octubre de 2020, son el manejo del gobierno respecto de la crisis sociopolítica y el manejo del gobierno de la crisis sanitaria, aquellos que más rabian ha provocado en la población. La rabia frente al gobierno y la figura del presidente es incluso más intensa que la molestia que surge frente a otros hechos fuertemente perturbadores, como fue la instalación de la pandemia en nuestro país (ver Figura 1).
Figura 1.
Evaluación de la intensidad del enojo en diferentes situaciones entre octubre de 2019 y octubre de 2020
Luego, en un segundo y tercer lugar, se encuentran otros factores detonantes de molestia como es el caso del estado de emergencia y la salida de los militares a la calle decretados en noviembre de 2019, así como el deterioro que experimentó nuestra economía durante el año, a raíz de las sucesivas crisis que hemos vivido.
¿Cómo debe entenderse la rabia que genera el gobierno y su presidente en la población?
Atendiendo a la concepción de las emociones como evaluaciones que implícitamente realizamos sobre la realidad (Ortony y Clore, 2008) puede comprenderse la rabia en este caso, como un tipo de juicio que, sin total consciencia, hacemos sobre el actuar de nuestro gobierno y la figura de nuestro presidente. Robert Solomon, uno de los más importantes filósofos de las emociones, la define como “el juicio de que uno ha sido agraviado u ofendido” (Solomon,2007 p.30). Siguiendo esta lógica puede entenderse que reaccionamos con ira cuando sentimos que se nos ha hecho un desaire, se nos ha insultado o humillado contrariando nuestro ser y sus características más esenciales.
Para analizar este punto, recordemos algunas declaraciones de personeros del gobierno proferidas en fechas cercanas al “estallido”, que a estas alturas pueden ser consideradas paradigmáticas del actuar del gobierno y su relación con la gente
1. El día 07 de octubre de 2019, el entonces ministro de economía señalaba, a propósito del alza en la tarifa del metro
“Quien madrugue puede ser ayudado a través de una tarifa más baja”.
Cuatro días después, un grupo de más de ochenta estudiantes del Instituto Nacional realizaba una masiva evasión al Metro en señal de protesta por el alza del pasaje
2. El día 08 de octubre de 2019 el entonces ministro de Hacienda, Felipe Larraín decía, comentando el IPC de septiembre
“Hay que destacar a los románticos que han caído las flores, el precio de las flores, así que los que quieran regalar flores en este mes, las flores han caído un 3,7%”.
Casi al instante, una usuaria de redes sociales comentaba, con las siguientes palabras, el vídeo colgado en un periódico con la declaración del ministro:
“Compraré flores para un estimado vecino que se suicidó ayer por falta de trabajo y de oportunidades, 10 meses cesante, no encontró ninguna ocupación por estar viejo. El ministro es un desubicado, la situación económica va en caída libre y el preocupado de los románticos. Pura tristeza por Juanito”.
Lamentablemente, frases como las de los ministros hay por doquier entre los personeros del gobierno . ¿Qué tienen en común estas expresiones? Se trata de afirmaciones que resultan agraviantes por cuanto conllevan, implícita o explícitamente, un cierto tipo de menosprecio por el otro, una negación de la realidad extremadamente compleja y sacrificada en la cual vive gran parte de la población chilena.
Sin embargo, tal vez el mejor ejemplo de agravio se encuentre en las palabras del propio presidente Piñera, cuando señalaba, el mismo 8 de octubre, unos días antes del estallido:
“en medio de esta América Latina convulsionada, Chile es un verdadero oasis con una democracia estable”.
Se trata de una expresión que trasunta un profundo desprecio por la realidad de una gran parte de nuestra población, que mantenía, en números azules, en base a su propio esfuerzo y sufrimiento, los indicadores macroeconómicos de nuestro país. El oasis al cual se refería nuestro gobernante era uno de papel, sustentado sobre una precaria realidad laboral (Villavicencio, 2019), un extendido sobreendeudamiento (Bozzo, 2020) y un gran deterioro de la salud mental de nuestros habitantes (Vicente, Saldivia y Pihán, 2026). Todos lo sabían, menos el presidente, al parecer…
Al interior de este escenario, la rabia brotó como una explosión nuclear en nuestra sociedad, un estallido que, de modo espontáneo y desorganizado, apuntó a desmantelar algunas de las que eran consideradas como las bases estructurales y simbólicas de la injusticia reinante. No es extraña esta reacción. Como señala Solomon (2007), la rabia es, finalmente, una forma de implicación en el mundo que busca cambiar el estado de las cosas, apuntando a su paso, a quienes son identificados como los culpables de la injusticia.
Sin embargo, no sólo de rabia se constituyen los bajos niveles de aprobación del gobierno.
Segundo elemento: la repulsión frente a la indignidad
Si examinamos los datos que obtuvimos al evaluar los niveles de asco o repulsión que experimentó nuestra población en el último año, tenemos otra arista que puede ayudarnos a completar el puzle del bajo grado de aceptación hacia el gobierno y la figura del presidente Piñera en las últimas encuestas de opinión. En este caso, se trata de una emoción de características morales (Haidt, 2019), que se experimenta frente a aquello que es considerado como repulsivo puesto que contamina nuestra esencia como seres humanos. No sólo sentimos asco frente a alimentos descompuestos o potencialmente dañinos, sino que también, el llamado “asco moralizado” es aquel que es provocado por ofensas y transgresiones sociomorales. Se trata, en este último caso, de una emoción que se sucita frente a cuestiones abstractas y que juega un papel protector de la dignidad humana en el orden social, actuando como un modo de rechazo de marcos valorativos considerados degradantes o denigrantes (Rozin, Haidt, MacCauley, 1999).
La conceptualización anterior, que refiere al asco como una emoción que resguarda la dignidad humana, tiene un reflejo en dos de los elementos más significativos de la protesta iniciada en octubre de 2019. El primero, corresponde a un lema que fue posible ver en numerosos carteles de las marchas desplegadas durante este año, así como en cientos de grafitis pintados en las paredes de las principales ciudades de Chile que fueron escenario de las protestas:
“hasta que la dignidad se haga costumbre” ,
En segundo lugar, la palabra dignidad fue el centro de una de las demandas más representativas del estallido, cual fue la idea de reemplazar el nombre de la Plaza “Italia” o “Baquedano” por plaza “dignidad”. Resultan notables ambos ejemplos, si se considera que “dignidad”, en la primera acepción que ofrece el diccionario de la real academia española de la lengua, significa “merecedor de algo”. La lucha por dignidad es entonces una lucha de derechos y el asco, en este contexto, corresponde a una emoción moral que surge cuando se contravienen principios éticos que consideramos centrales para la organización de nuestra sociedad.
¿Qué situaciones provocaron mayor asco entre los habitantes de este país en el último año?
Figura 2.
Evaluación de la intensidad del asco en diferentes situaciones entre octubre de 2019 y octubre de 2020
Si se examinan los datos expuestos en la Figura 2, puede apreciarse que aquellos hechos que mayores niveles de asco o repulsión provocaron en la población durante el último año fueron, en orden decreciente de intensidad: “el manejo del gobierno de la crisis sociopolítica”, “el estado de emergencia de 2019 con la salida de los militares a la calle” y “el manejo del gobierno de la crisis sanitaria”. Al comparar estos resultados con los que obtuvimos para el caso de la rabia, pueden apreciarse algunas importantes diferencias. En el primer caso, observamos que los principales detonantes del enojo en la población fueron, en iguales niveles de intensidad, el manejo del gobierno respecto de la crisis sociopolítica y el manejo del gobierno sobre la crisis sanitaria provocada por la pandemia. Sin embargo, al analizar cuáles fueron los principales motivos de asco o repulsión durante el año, tenemos que el manejo de la crisis sanitaria “baja” a un tercer lugar de importancia, dejando un espacio, como segundo motivo de repulsión, al estado de emergencia de 2019 y la salida de los militares a la calle. Dicho de otra forma, nos generó más repulsión el manejo del gobierno respecto de la crisis sociopolítica que el nivel de asco que nos provocó el manejo de la crisis sanitaria
¿Cómo puede interpretarse esta diferencia?
Según expuse previamente, el asco puede ser entendido en casos como estos, como una emoción moral, es decir, como una sensación interna que nos lleva a alejar de nosotros aquello que es percibido como un contaminante en términos éticos. Los seres humanos a diferencia de otras especies, experimentamos repulsión por personas y situaciones que trasgreden principios éticos “intoxicando” nuestros valores y nuestra vida en sociedad.
En el contexto de lo anterior, parece ser, que la gente, en su mayoría, tiene la sensación de que el manejo del gobierno respecto de las demandas que surgen como motor del llamado estallido social, vulnera valores morales. No se trata de que la gente perciba problema “técnicos” vinculados a la eficiencia con la cual se enfrentan los problemas sociales. El manejo de la crisis sociopolítica por parte del gobierno ha provocado algo, si se quiere, más profundo, una sensación de repulsión derivada de la transgresión de principios éticos que son percibidos como ejes rectores de la sociedad. Para ponderar adecuadamente esta sensación, es necesario comprender que los gobiernos no son sólo administradores de los recursos de un país. Implícita o explícitamente, ellos son también gestores valóricos y tienen, por tanto, la misión de mostrar un camino hacia el futuro.
Lamentablemente, parece ser que el actual gobierno fracasó en esta última tarea, provocando el rechazo de la población frente a los valores y el camino ofrecido. La repulsa generada es algo que no parece tener vuelta atrás. Al igual como ocurre cuando pasamos años sin poder volver a probar un bocado descompuesto, que alguna vez nos intoxicó, por más esfuerzos que este gobierno haga para demostrar eficiencia, es probable que el asco generado ya no se atenúe.
Si lo anterior es correcto, aún cuando el gobierno pueda hacer gala de sus gestiones con los ventiladores, las vacunas, las tasas de empleabilidad, los subsidios, y otra serie de cuestiones “técnicas”, sin duda muy importantes, mientras siga habiendo la sensación en la gente de que se transgredieron principios éticos fundamentales que dan forma a nuestra sociedad, el rechazo será el telón de fondo sobre el que el presidente Piñera tendrá que trazar sus últimas líneas.
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