La verdad es que si bien estábamos todos juntos no nos encontrábamos exactamente en la misma parada. El estallido, más que una única revolución comunitaria, tuvo algo de gigantesco monólogo colectivo. Unos protestaban contra las transnacionales mientras otros querían una rebaja de impuestos. Unos eran animalistas, mientras otros protestaban por el precio de la carne. Unos exigían el derecho a la educación mientras otros querían más dinero para pagar colegios particulares. No lo vimos porque estábamos eufóricos cantando "Chile despertó". No es bueno ni malo, es tan sólo real.
Es difícil aceptar esta multiplicidad de demandas y miradas, a veces contradictorias las unas con las otras. Nos cuesta asumir esta paradójica diversidad porque, entre otras cosas, implica derribar el reduccionismo izquierda / derecha que tanto nos gusta. Ese eje, tan útil para explicarnos el mundo durante décadas pasadas, resulta que ahora no explica prácticamente nada. Y no logramos despegarnos de él. Es que la mente es dicotomizante y le gusta ver el mundo desde un punto de vista dual. Fachos y demócratas, progresistas y conservadores, buenos y malos, nosotros y ellos. Parece que nos proporciona seguridad pensar de ese modo, nos simplifica la vida. Pero la realidad es infinitamente más intrincada y sutil. Y se requiere coraje y humildad para pensar de forma compleja y multidimensional. Coraje porque supone enfrentarse a los discursos hegemónicos y reduccionistas. Humildad porque implica aceptar que podemos no estar entendiendo nada. Si bajamos los brazos, tal vez nos demos cuenta de que algunas de nuestras certezas y explicaciones son sólo un intento por tranquilizarnos.
¿Cómo puede ser que habiendo ganado el apruebo por paliza triunfe ahora la ultraderecha? ¿En menos de un año pasamos de ser un país de izquierda a uno fascista? Hay algo que no calza en este puzle. Estamos utilizando categorías antiguas para dar cuenta de una realidad fresca y emergente. El mundo ideologizado se termina y avanzamos hacia un nuevo orbe donde los ejes izquierda derecha ya no explican. En este nuevo mundo se puede votar por Campillai y Kast en la misma elección. En esta nueva realidad se puede valorar el feminismo y votar por un candidato que no paga la pensión alimenticia. La izquierda y la derecha unida jamás serán vencidas, decía Nicanor Parra. Algo muy potente y sabio escondía la provocación del antipoeta. No digo que esté bien o mal, no afirmo que sea legítimo o ilegítimo, tan sólo señalo que es un fenómeno que ocurre y que explica, en parte, el triunfo del candidato del rechazo .
Hay quienes se molestan con esta nueva realidad mutante e inconsistente. Yo prefiero tratar de entenderla. Hace un rato ya que los hechos vienen mostrándonos que el mapa no es el territorio. Y la solución no se encuentra en negar la realidad, más bien tenemos que cambiar el mapa. Ocurrió para la elección presidencial de 2017 cuando parte de los veinte puntos de votación de Beatriz Sanchez fueron para Piñera. No todos los que votaron a Bea en primera vuelta eran de izquierda y no todos los que votaron a Piñera en la segunda, calzan exactamente con el prototipo de derecha. Ya sé que no es agradable escucharlo pero me resulta necesario decirlo. Más que un problema de izquierdas y derechas, la elección del segundo gobierno de Piñera se trataba de personas aburridas, cansadas, hastiadas de la política "tradicional", y que vieron en la candidata del Frente Amplio, una alternativa diferente y "refrescante". No obstante, una vez resuelta la primera vuelta, se inclinaron en el balotaje por la alternativa, a sus ojos, más pragmática.
Bajo una sintonía emocional similar a la de aquella elección, hay gente que ahora votó apruebo porque siente que el sistema nunca está de su lado, porque ve que todo el tiempo son otros los que ganan. Son personas que quieren un cambio, sin embargo, las modificaciones que buscan no se corresponden prácticamente en nada con los ideales de la utopía de la izquierda tradicional. El estallido no se trataba, por tanto, de una masa uniforme de gente luchando por la igualdad como a algunos les gustaría creer. Una parte no menor del estallido se conformaba por personas que, simplemente, querían ganar alguna vez. Tomar el camino corto, saltarse la fila y triunfar al menos una vez en la vida, como Parisi, como Gino Lorenzini, como Marcianeke, como Rojas Vade. No todos eran personas luchando por un mundo mejor, muchos de ellos eran sólo seres humanos enrabiados, tristes de siempre perder. No hay ideología allí, en el sentido explícito del término, tan sólo hastío, cansancio y angustia, mucha angustia.
Junto a @pabsegovia realizamos recientemente un estudio para evaluar los niveles de angustia frente a la pandemia por el Covid-19 y encontramos que las tasas de distrés peri traumático (así se dice técnicamente), eran muy altas en nuestro país. Más del 73% de las personas evaluadas presentaban niveles de angustia moderados o severos. Este resultado es el más alto de todos los países que han realizado evaluaciones similares en el mundo. En Chile estamos cansados e hiperreactivos, votando para decidir el futuro de nuestro país. Es en este escenario que Kast viene a ofrecer certezas y seguridad frente a la angustia: una zanja para que no ingresen los inmigrantes a quitarnos nuestro trabajo, un estado más chico para que no haya corrupción, una mano dura para acabar con la delincuencia y el narcotráfico, menos impuestos para reactivar la economía. Sencillo, breve, directo. Un mensaje que cala profundo en una sociedad cansada y angustiada. No hay mucho que analizar al respecto. Todos queremos más trabajo, menos delincuencia y más crecimiento. Y los detalles: ¡Qué importan los detalles! La vida es ya suficientemente compleja como para que venga un político a enredar más aún las cosas. Lo que esa sociedad del cansancio quiere son soluciones no explicaciones.
En este contexto de angustia y confusión se puede empatizar con Fabiola Capillai como una víctima de la opresión y la injusticia, y al mismo tiempo, creer que la solución se encuentra en un político "distinto", que dice las cosas por su nombre y que va de frente contra los corruptos. Es duro de aceptar, pero creo que debemos abrirnos a esa posibilidad si queremos entender algo de lo que ocurre. Es necesario que Gabriel Boric baje ahora de su árbol y conecte con esa señora que está asustada pensando que una bala loca puede matar a parte su familia. Menos poesía y más realidad. Necesitamos urgentemente que Apruebo Dignidad deje de pensar en Lollapaloza y se conecte con los vendedores de chapitas a la salida del concierto. De lo contrario nos encontraremos en la increíble paradoja de tener un proceso constituyente en curso con un presidente del rechazo. Tal vez el peor de todos los escenarios posibles.
Finalmente, para despejar cualquier duda, quiero explicitar que en ningún modo estoy minimizando el horror de la asquerosa y hasta ahora impune violación a los derechos humanos que ha sufrido la senadora Campillai. Necesitamos justicia y reparación para ella y todas las demás víctimas de las violaciones a los derechos humanos. Es evidente que nada de aquello llegará con un eventual gobierno de Kast. Pero del mismo modo, pienso que cada vez es menos probable un triunfo de Apruebo Dignidad mientras ese conglomerado no abandone las lógicas y discursos del pasado.
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